¿Qué tienen los toreros de Lorca?

[Img #8212][Img #8213]La historia suele repetirse. Madrid hizo propio a un torero de Lorca: Pepín Jiménez. El diestro rubio cautivó hasta al mismísimo tendido «7». A Jiménez siempre se le esperaba en Las Ventas llevara la temporada que llevase. Su personalidad lo convirtió en un fijo en San Isidro, lo respetaron, querían verlo,  lo aplaudieron y disfrutaron con su tauromaquia.
 

Madrid, en donde está la afición más exigente del toreo; en donde sale el toro-toro, en la que  hay que dar el pecho en cada muletazo, en donde no valen las pamplinas, ni el pasito atrás, ni los gestos en busca de la palma fácil…. se le ha entregado ahora a otro lorquino: Paco Ureña.
 

Unanimidad en toda la crítica taurina; honores a la verdad del toreo; recuerdo de aquello que se ve y resulta distinto a lo de siempre; humildad, ambición, vergüenza, dignidad, hombría…
 

Y es de Lorca. Y triunfa en Sevilla, Bilbao, Pamplona… y no lo hace en el Festival del Cáncer de su tierra en donde no lo ponen, ni en el del Terremoto, lo colocan  en septiembre pasado en una fecha infame…. y él, torea. Indulta un Victorino en Cieza, recibe premios, es respetado y reconocido y sobre todo, y les doy mi palabra de ello, muy buena gente.

 

Como excepcional tío es Jiménez, a quien solo culpo de que no nos regalara su veteranía, algún festival, un evento especial… porque las actuales generaciones tenían que haberlo visto en el ruedo. Apreciar lo que es la personalidad, como se anda en una plaza, como se le baja la mano a un toro, como lo natural se convierte en arte…

 

Desconocemos que es lo que tienen los toreros de Lorca, aunque podemos entender que ocurran estas cosas cuando sobre un trozo de seda y con hilo  de oro dan sentido al color blanco y azul convirtiendo el paño en una auténtica joya.

 

Escribía Jose Maria Galiana de Pepe que «Parece Pepín como una cerámica frágil, como algo sutil que se desvaneciera; pero mientras sigue en pie, mientras la muleta se queda plana, la tarde se pone ebria de jazmines y el aficionado sensible se estremece, porque han puesto a su alcance lo más hermoso de la fiesta».

 

La maldita lesión de Aranjuez, que le destrozó la rodilla en el 2003, nos dejó sin poderlo seguir con tan solo 42 años.

 

Y aparece Paco con su modestia, con unos ojos cargados de ilusión y un rostro de sufrimiento, pero con la cabeza muy despejada, un ánimo de superación fuera de los normal, queriendo ser torero, recibiendo palos, teniéndose que ir de Lorca para poder pegar algún muletazo en el campo y Ureña, solo, asimila, observa, aprende, empieza a mover la muñeca como debe, a dar el pecho a las vacas, a cruzarse al pitón contrario, a sentirse…

 

Toma la alternativa hace diez años y la confirma en el 2013. Un torero así tiene que romper y lo hace en Azpeitia, y aquí cambia la historia.

 

Pepín y Paco tienen dos cosas en común; la personalidad. Jiménez y Ureña, tienen dos cosas diferentes: el concepto, pero ambos atesoran esas virtudes que hacen distinto al toreo, que lo saca de su vulgaridad, que te pellizca el alma y que te hace preguntarte ¿Qué tienen que no poseen otro los toreros lorquinos?

 

GONZÁLEZ BARNÉS

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