La sociedad ayuna de valores que vive el toreo de hoy necesita comprender qué significa desnudar el alma con un trapo en la mano izquierda. Lo necesita mucho más cuando los jerifaltes casuales y oportunistas que manejan un gobierno confunden los contenidos de la educación de sus niños y cambian formación por formas y valores por palabras.
Tuvo que venir un tío de Murcia, flaco y triste, para despojarse de vida y cuerpo y demostrarle a Madrid –también a esos que no lo comprenden- cómo se desnuda un alma al natural. Vomitó naturalidad Ureña para arrastrar un trapo por la arena, vaciarle encima su vida, ponerle el corazón a los dos dedos que sujetaban el palo y morirse de sentir la verdad más pura con los muslos ofrecidos y las tripas desnudas. Al Murciano sexto, el único Adolfo con fondo de una corrida de prendas, le dijo un murciano de ley que el toreo no es mucho si no se es capaz de sentirlo. Y cuando citaba Ureña a pies juntos, con la bamba tersa y pura, el pecho enfrontilado y la carne olvidada se transmutó la plaza en delirio en cinco minutos que fueron eternos. Pero llegó la espada y su ley a estropearle los premios, a nublarle la razón al que más razón tenía y a emborronarle la tarde a un tío con tres volteretas que mereció premio mayor.
